Cuartito, a la orilla de la orilla

Cuartito, la orilla de la orilla nace de una memoria que se transforma. Alguna vez, este espacio fue contención: un lugar donde el tiempo se ralentizaba y el cuerpo entraba en pausa.

La ropa usada, esa que cruza fronteras sin papeles, que guarda olores ajenos y marcas de otros cuerpos, recubre las paredes de este cuartito. Como en los espacios de aislamiento, la textura blanda confunde: ¿protección o encierro? Aquí todo cede, pero no desaparece.

Cuartito no es solo un recuerdo personal, es un eco de tantas otras experiencias de espera, de miedo, de resistencia.

¿Quién decide qué es un refugio y qué es una jaula? ¿Cuánto tiempo se puede habitar un espacio antes de que empiece a pesar?

La frontera, con su dureza, se infiltra en lo blando, en el gesto de querer envolver sin atrapar, de sostener sin someter. Desde aquí, se siente la cercanía del puente, la línea que divide y decide. Pienso en quienes han pasado por estos espacios, en los cuerpos que insisten en moverse. En cómo la arquitectura impone su peso, su manera de decir quién se queda y quién no.

Hoy aparece aquí, en la orilla de Matamoros, a unos pasos del puente que conecta con Brownsville, Texas. Un cuarto de aduana —ese sitio de espera, control y tránsito— reaparece como una herida tapizada, acolchonada con ropa de paca cargada de historias que no alcanzo a conocer del todo.

Registro fotográfico:

@jesusberistainn / Jesús Beristainn

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